Comida a la basura: la población vulnerable y el medioambiente, víctimas del desperdicio de alimentos

El 40% de los alimentos que se producen en el mundo termina en la basura, pese a que millones padecen de hambre. Solo en Argentina se pierde el equivalente a 355 kilos por habitante por año. En este Informe Especial de Quántica Radio, cuáles son las causas y su impacto en el cambio climático y la degradación ambiental.

La problemática del hambre lamentablemente no es nueva, y la crisis de coronavirus no hizo más que agravar la situación. Es por eso que suena irónico que en un momento donde más de 811 millones de personas en el mundo se van a dormir sin tener cubiertas sus necesidades básicas de alimentación, al mismo tiempo se desperdicie el 40% de los alimentos producidos. Así lo revela un informe del Fondo Mundial para la Naturaleza, que muestra que con la cantidad de comida que termina en la basura  se podría alimentar más de 7 veces a quienes hoy pasan hambre en el planeta. Cómo es la situación en Argentina, las causas de este derroche y su tremendo impacto social y medioambiental.

Las alarmantes cifras y las causas del desperdicio

Para comenzar a entender la problemática de la pérdida y desperdicio de alimentos hay que diferenciar dos etapas distintas en las que la comida va a parar a la basura. Por un lado, por la falla en la cadena de suministro que va desde el cultivo, pasando por la cosecha y el tratamiento hasta el comercio; y por otro durante la distribución y el consumo, que involucra las acciones de los minoristas y los consumidores. Es decir, tanto los agricultores, como las compañías, los distribuidores, los restaurantes, así como nosotros en nuestros hogares, tenemos responsabilidad en la gran cantidad de comida que se derrocha.

Según el informe “Enviado a la basura” elaborado por el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF, por sus siglas en inglés), se desperdician en el mundo alrededor de 2.250 millones de toneladas de alimentos por año, de las cuales 1.200 se pierden en las granjas; mientras que 931 millones de toneladas, en manos de minoristas y consumidores. El resto se desperdicia durante el transporte, almacenamiento y procesamiento.

Estas estimaciones, que se dieron a conocer en agosto de este año, indican que de todos los alimentos cultivados aproximadamente el 40% no se consume, cifra mucho más alta que la estimada anteriormente, que era del 33% (1.300 millones de toneladas anuales). Cabe destacar que «Enviado a la basura» es la primera cuantificación de las pérdidas totales de alimentos producidos en los establecimientos agropecuarios desde 2011.

Las cifras son alarmantes: como mencionamos al comienzo de esta nota, con la cantidad de comida que termina en la basura se podría alimentar más de 7 veces a quienes hoy pasan hambre en el mundo. Según datos de las Naciones Unidas (ONU), el 45% de las frutas y los vegetales que se cosechan en todo el mundo se desperdician. “La cantidad equivale a 3.700 millones de manzanas. También se desperdicia el 30% de los cereales (trigo, maíz, arroz, avena, etc.) y el 20% de la carne, lo cual equivale a 75 millones de vacas”, especifica el organismo.

En Asia, por ejemplo, se pierden hasta un 30% de cereales entre el productor y el mercado. Mientras que en América Latina el 20% del desperdicio de alimentos de venta al por menor se debe al deterioro. La mayoría de los países de la región no tiene información robusta acerca del desperdicio. Según un estudio de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) publicado en octubre de 2019, el continente es responsable del 20% del volumen global de alimentos que se pierden desde la cosecha hasta que llegan a los minoristas.

¿Por qué se pierde tanta comida? Durante la producción agropecuaria puede ocurrir debido a problemas climáticos como sequías, granizo, exceso de lluvias; o también puede deberse a problemas en el manejo productivo, como la incidencia de plagas y enfermedades, mortandad animal o la ocurrencia de daños mecánicos en la cosecha.

Durante el almacenamiento las pérdidas pueden pasar, por ejemplo, cuando la fruta es manipulada durante el empaque o por la inadecuada refrigeración que puede favorecer la aparición de hongos, bacterias, insectos y ácaros. También ocurren descartes durante la clasificación por las demandas estéticas de los consumidores, como por no cumplir con el color, la forma o el tamaño deseado. Estos productos alimenticios son descartados antes de su fecha de caducidad, siendo aún óptimos para el consumo.

Una vez que los alimentos llegan a la industria para su procesamiento las pérdidas suelen estar asociadas a accidentes durante las etapas de lavado, pelado, troceado, cocción y envasado.

Mientras que durante la distribución, en los comercios mayoristas y minoristas como los supermercados, almacenes o ferias, pueden suceder eventualidades como el corte de la cadena de frío – algo lamentablemente habitual en la Ciudad de Buenos Aires y el Conurbano -; o también la falta de coordinación entre los productores y la demanda de los consumidores puede generar excesos de productos que no logran ser vendidos.

Por último, durante el consumo en nuestras casas también se desperdician los alimentos, por ejemplo, porque no logramos conservarlos de forma adecuada o no alcanzamos a consumirlos antes de su fecha de vencimiento. Otra de las causas, tanto en las casas como en negocios y restaurantes, es que se preparan cantidades desmesuradas de comida que, muchas veces, al no ser consumida en ese momento se termina tirando a la basura. Tambiéninciden los etiquetados de difícil comprensión o con insuficiente información; confusión entre las fechas de consumo preferente; envases inadecuados en forma o tamaño; productos que llegan al punto de venta con un margen de vida útil demasiado pequeño; ofertas que impulsan a comprar más cantidad de la necesaria; y sobre todo el desconocimiento del impacto social y ambiental del desperdicio de alimentos.

Paralelamente a toda esta pérdida y desperdicio de comida, en 2020 una de tres personas en el mundo -2,370 millones de personas- no tuvo acceso a alimentos adecuados; casi 320 millones de personas más que en 2019. Poco más de 149.2 millones de niños menores de cinco años sufrieron retraso en su crecimiento y 4.4 millones padecieron adelgazamiento severo, lo cual puede afectar su salud y desarrollo por el resto de sus vidas.

Qué pasa en Argentina

En nuestro país se calcula una pérdida y desperdicio de 16 millones de toneladas de alimentos anualmente, según los últimos datos disponibles de la Secretaría de Agroindustria. Esto equivale a más de 355 kilos por habitante, prácticamente un kilo de alimento por persona por día, en un momento en que la pobreza afecta al 42% de la población según el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC). Esta cifra a su vez representa el 12,5% de la producción agroalimentaria total. Todo lo que se desperdicia en el país, alcanzaría para alimentar a “24.353.100 personas a diario, dado que un individuo promedio necesita 1,8 kg de comida por día”, indica Mariana Sánchez, licenciada en Nutrición.

Las mayores mermas ocurren entre los primeros eslabones de la cadena productiva; y del total de alimentos, las hortalizas son el subgrupo que enfrenta las mayores reducciones, llegando casi a la mitad de su producción. Las hortalizas para consumo en fresco son cultivadas en los cinturones que rodean las urbes. De ellos, el Cinturón Hortícola Platense destaca a nivel nacional: se calcula que abastece a 14 millones de personas.

Dado que la mayor parte de la producción de cereales y oleaginosas se destina a la exportación, en términos relativos es el que registra menores pérdidas y desperdicios a lo largo de la cadena desde la producción hasta el consumo final en los hogares, aunque en valores absolutos representa más de la mitad, según un estudio de la Oficina de Presupuesto del Congreso de la Nación. El mismo también muestra que los desperdicios en el consumo representan casi el 10% del total, unos 35 kilos por habitante por año. Cabe destacar que en el Área Metropolitana, informa el Ceamse, el 41,5% de la basura corresponde a alimentos, a veces sin consumir.

Sin embargo, a pesar de ser preocupantes, las cifras podrían ser aún peores si no fuera por el trabajo de organizaciones «rescatistas» de comida. Uno de los métodos más extendidos es el de los bancos de alimentos que rescatan productos aptos para el consumo humano antes de que sean desechados, por lo general porque perdieron valor comercial. Se trata de productos que se retiran del mercado principalmente por cuestiones estacionales -como los huevos de Pascua o los turrones, una vez que pasan esas festividades- o de marketing -cuando hay cambio de packaging o si anuncian promociones que perdieron vigencia-.

Los bancos se encargan de almacenar, clasificar y distribuir los distintos tipos de alimentos que reciben como donación por parte de empresas productoras de comida, de supermercados, mercados de frutas y verduras y productores agropecuarios, entre otros. Luego esos mismos son repartidos entre comedores, merenderos y distintas entidades que dan de comer a poblaciones vulnerables. Según estimaciones de la Red de Bancos de Alimentos de la Argentina, entre 2003 y 2017, la misma logró rescatar y distribuir 85.790.826 kilos de alimentos entre sus entidades beneficiarias, lo que suma alrededor de 257 millones de platos de comida.

De hecho, esta semana trascendió que Danone Argentina, Carrefour y el Banco de Alimentos de Buenos Aires firmaron un convenio para poner en marcha una actividad estratégica contra el desperdicio de alimentos: las dos empresas de origen francés se comprometieron a “identificar, clasificar y rescatar de la góndola productos frescos en óptimas condiciones para su consumo que, estando en fecha cercana a su vencimiento, serán donados a los comedores sociales que trabajan con el Banco de Alimentos de Buenos Aires”. En una primera etapa el programa ya se inició en cuatro hipermercados Carrefour ubicados en San Isidro, San Martín, Vicente López y San Fernando.

A su vez, cabe destacar que en Argentina desde 2018 rige la Ley 27.454 del Plan Nacional de Reducción de Pérdidas y desperdicios de Alimentos, que tiene como finalidad administrar el régimen de donación de alimentos en buen estado creado por la Ley Donal cuya modificación fue aprobada ese mismo año. Si bien la Ley Donal se había sancionado en 2004, posteriormente el artículo 9 había sido vetado impidiendo la plena aplicación de la norma ya que no dejaba claro hasta dónde llegaba la cadena de responsabilidad de los donantes. Con la restitución de este artículo en 2018 se garantiza un resguardo legal para los donantes de alimentos, deslindándolos de responsabilidades por daños y perjuicios que pudieran producirse cuando la donación se hubiese entregado sin ocultar vicios en los alimentos y contando con los controles bromatológicos exigidos por el Código Alimentario Argentino. La misma tuvo el fin de incentivar a más empresas a donar alimentos.

Sin embargo, pese a estas iniciativas y el trabajo de las organizaciones, resta mucho por lograr. Actualmente, según datos del Indec, la pobreza alcanza a casi seis de cada 10 niños menores de 14 años (57,7%) y de ese universo, el 15,7% no cubre sus necesidades nutricionales básicas. Esos datos responden al segundo semestre del año pasado y en la comparación con el mismo período de 2019 se ve una suba de 2,1 puntos porcentuales, una situación cada vez más difícil. Además, en base al último informe del Instituto de Investigación Social, Económica y Política Ciudadana (Isepci), el 42,1% de los niños, niñas y adolescentes que asisten a comedores y merenderos presentan signos de malnutrición, por lo que reducir el desperdicio de alimentos para que lleguen a la población vulnerable es fundamental.

Efectos en el medioambiente

Pero las consecuencias de la pérdida de comida no son solo sociales. Su producción utiliza una gran cantidad de tierra, agua y energía, por lo que el enorme desperdicio a nivel mundial tiene un impacto significativo en el cambio climático y contribuye e intensifica la degradación ambiental.

Estimaciones anteriores sugerían que el desperdicio de alimentos representaba el 8% de los gases de efecto invernadero (GEI), pero los nuevos datos indican que las cifras son aún más sustanciales y apuntan a una contribución de aproximadamente el 10% de todas las emisiones de GEI. Esto es el equivalente a casi el doble de las emisiones producidas por todos los autos conducidos en Estados Unidos y Europa en un año.

A su vez, utilizan aproximadamente 4,4 millones de km² de tierras agrícolas y 760 km³ de agua para producir los 1.200 millones de toneladas de alimentos que se pierden antes, durante y después de la cosecha o que se desvían a otros usos, como la alimentación animal y biocombustible. Esto equivale a una masa de tierra más grande que el subcontinente indio y un volumen de agua equivalente a 304 millones de piscinas olímpicas.

En Buenos Aires, los desechos alimenticios representan el 41% de los residuos sólidos que se entierran en relleno sanitario, donde al no contar con luz y aire producen metano, un gas de efecto invernadero especialmente perjudicial.

«El impacto ambiental es enorme. Para darte una idea de la escala de esto, si el desperdicio de alimentos fuera un país, sería el tercer mayor emisor del planeta, solo detrás de China y Estados Unidos», explicaba el director de WRAP, Richard Swannell, a la BBC Mundo a principio de año, y agregaba: «Desperdiciar alimentos, alimenta el cambio climático».

Cómo reducir el desperdicio y la confusión con el etiquetado

En nuestro país se calcula que una persona desperdicia, como consumidor, aproximadamente 35 kilos de alimento por año. ¿Qué puede hacer para no tirar tanta comida? Entre las principales recomendaciones, los especialistas aconsejan comprar de forma planificada y la cantidad correcta de porciones. WRAP sugiere llevar un registro de lo que se compra y efectivamente se usa.

También aconsejan no tirar a la basura las frutas y verduras que se vean «feas», ya que muchos alimentos se desperdician porque no cumplen con los requisitos de forma, tamaño o apariencia que se suele asociar con la «calidad» de un producto pero están perfectamente aptos para consumo humano y sus nutrientes están intactos.

A su vez se debe optimizar el uso de heladeras y freezers (a la hora de congelar, por ejemplo, es preferible hacerlo en porciones individuales para sacar del freezer solo aquello que se va a consumir); y tener cuidado con las ofertas, ya que en algunos casos los descuentos llevan a comprar más cosas de las que se necesitan.

Pero otro consejo fundamental es el de verificar y entender la fecha de vencimiento de un determinado producto, cuestión que no está tan clara en nuestro etiquetado como parece. ¿Qué pasa con la fecha de vencimiento? La normativa sobre el rotulado de alimentos envasados no es idéntica en los distintos países, por lo que la forma de expresar la fecha de duración de un producto tampoco.

Según la Dra. en Ciencias Químicas María Claudia Degrossi y la Bioquímica Mariana Koppmann hay dos aspectos a considerar sobre la vida útil de un alimento: que sea inocuo (que no cause daño a quien lo consume) durante ese lapso; y que conserve su calidad comercial, es decir sus características por las cuales lo elegimos (su sabor, su aroma, su textura, entre otras).

El Código Alimentario Argentino (CAA) indica que la fecha de duración deberá declararse con alguna de las siguientes expresiones (entre otras): “Consumir antes de”, “Válido hasta”, “Validez”, “Val.”, “Vence”, “Vencimiento”, “Vto.”, “Venc.”, “Consumir preferentemente antes de”. El problema radica en que en nuestro país todas estas expresiones significan lo mismo, expresan el vencimiento. Y el alimento no debe consumirse pasada la fecha, ya que no se sabe si habrá una pérdida de calidad comercial o si puede haber un tema de inocuidad.

En otros países diferencian los aspectos de inocuidad (haciendo uso en la etiqueta de la fecha de vencimiento o caducidad) de los aspectos de calidad comercial (expresada como ‘fecha de consumo preferente’). Para estos consumidores, la decisión de consumir o no un producto que ha superado la fecha indicada en el envase, es más sencilla. Si es la fecha de vencimiento, tienen claro que hay un incremento en el riesgo de una enfermedad transmitida por alimentos (está vinculado a la inocuidad) y por lo tanto tienen clarísimo que no deben consumirlo. En el caso de haber superado la fecha de consumo preferente, es decisión de cada uno comer un producto de menor calidad, siempre que se respeten las instrucciones de conservación, su envase no esté dañado y no presente signos evidentes de alteración; sin embargo, puede empezar a perder sabor y textura”, explican las especialistas. Un gran acierto en materia legislativa hubiera sido que el proyecto de Ley de Etiquetado Frontal – que cuenta con media sanción del Senado y dictamen favorable en el plenario de Comisiones de la Cámara de Diputados – incluyera este cambio para poder distinguir entre caducidad y fecha preferente de consumo y así contribuir con información clara a reducir el desperdicio de comida, aunque lamentablemente este punto no fue tenido en cuenta al momento de su elaboración.

La pérdida y el desperdicio de alimentos es un enorme problema que se puede reducir, pero su impacto sigue sin ser completamente dimensionado por la sociedad. Para hacer frente a la malnutrición – con los dramas que conlleva, como la muerte prematura infantil, el deficiente desarrollo físico y mental de la juventud e incluso el fallecimiento por hambre en adultos -, al cambio climático, a la pérdida de la biodiversidad y a la contaminación, tanto los gobiernos como las empresas y los consumidores deben tomar conciencia de la magnitud de la situación y comenzar a hacer su parte.

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