El ruido, el peligro para la salud más ignorado

Los vecinos de Ciudad y Provincia de Buenos Aires están expuestos a altos niveles de contaminación acústica, uno de los factores que más enfermedades genera y que la sociedad se acostumbró a soportar.

Caminar por el centro porteño así como por las arterias principales del Conurbano conlleva inevitablemente a tener que soportar ruidos por momentos ensordecedores. Las calles están constantemente rodeadas de estímulos auditivos: bocinazos, motores de autos y colectivos, frenadas por el caos vehicular, martillazos y taladros de obras en construcción, gritos de vendedores y transeúntes, el sonido ambiente en comercios concurridos y música en bares. Para la mayoría, estos sonidos ya son un daño colateral que viene incorporado en el inventario de los efectos irritantes de la vida en las ciudades. Sin embargo, la exposición a esta contaminación acústica no es solamente molesta sino que también afecta gravemente la salud. Hipertensión arterial, problemas cognitivos, estrés, irritabilidad y sordera, son solo algunas de las posibles consecuencias. Esta semana el Consejo de Planeamiento Estratégico presentó en la Legislatura porteña un escrito en el que advirtió acerca de que el distrito capitalino tiene los niveles de contaminación acústica más altos del país. Mientras que en zonas como Lomas de Zamora o Almirante Brown soportan  casi sin notarlo más decibeles de lo recomendado por las organizaciones internacionales. La ignorancia sobre el tema es alarmante. En este Informe Especial de Quántica Radio, los datos de este “mal invisible” que estamos acostumbrados a soportar pero deja miles de víctimas por año.

A qué se le llama contaminación sonora

La contaminación acústica o sonora fue declarada en 2005 por la Organización Mundial de la Salud como la tercera forma más peligrosa de contaminación en el mundo, detrás de la contaminación del aire y del agua. Esta puede definirse como la presencia exacerbada de sonidos de gran intensidad que resultan desagradables y molestos. Es el exceso de ruido que altera las condiciones normales del ambiente en una determinada zona y su impacto representa un desafío, ya que no deja residuos como otros tipos de contaminación y no tiene efecto acumulativo en el medio, aunque si puede tenerlo en las personas.

La intensidad del sonido se cuantifica en decibeles (dB) y el daño que ocasiona el ruido en la persona dependerá del tiempo de exposición y de los decibeles que tenga ese ruido, además de las circunstancias propias de cada uno. En general se puede decir que de 10 a 55 decibeles el ruido es bajo, de 55 a 75 es moderado y de 75 a 100 es alto. Por encima de los 100 decibeles se considera intolerable.

Las principales fuentes de ruido urbano son el tráfico (rodado, ferroviario y aéreo), el ocio nocturno, las obras de construcción y las industrias, pymes y talleres. El sonido de una bocina, por ejemplo, puede alcanzar fácilmente los 90 dB; mientras que el de un avión produce unos 130 dB. Un taladrado, uno de los sonidos más habituales en las obras, produce unos 110 dB; el ruido en boliches y bares puede llegar a ser superior a los 110 dB; mientras que las industrias, dependiendo el tipo, pueden generar ruidos de entre 40 a 139 dB.

Efectos en la salud

Esta contaminación acústica de los centros urbanos no solo genera un impacto negativo en el medioambiente (por ejemplo, las aves abandonan aquellos lugares donde hay demasiado ruido) sino que afecta enormemente la salud de los vecinos: a pesar de que la mayoría cree que se acostumbra al ruido, el oído nunca lo hace… siempre lo capta y el cuerpo siempre reacciona. Pero dado que la percepción es subjetiva, cada persona lo vive de forma diferente, por lo que no todas sienten las molestias de la misma manera.

Para la OMS los sonidos que superan los 70 dB son considerados molestos mientras que aquellos que están por encima de los 90 dB son dañinos, sobre todo si se trata de una exposición a largo plazo como ocurre, por ejemplo, entre aquellos que viven en las zonas cercanas a autopistas o los trabajadores del subte. Además, esa organización establece como “deseable” los 50 dB y recomienda no estar expuesto a más de 55 durante la noche ya que puede dañar la salud.

Los perjuicios varían desde trastornos puramente fisiológicos, como la conocida pérdida progresiva de audición, hasta los psicológicos, al producir una irritación y un cansancio que provocan disfunciones en la vida cotidiana, tanto en el rendimiento laboral como en la relación con los demás.

Los efectos más frecuentes son: aceleración de la respiración y del pulso, disminución del peristaltismo digestivo que ocasiona gastritis o colitis, problemas neuromusculares que ocasionan dolor y falta de coordinación, disminución de la visión nocturna, aumento de la fatiga y dificultad para dormir, produciendo un insomnio que conduce a un cansancio general que disminuye las defensas.

A su vez, estudios aseguran que un ruido constante por encima de los 55 dB produce modificaciones en el sistema hormonal e inmunitario que conllevan cambios vasculares y nerviosos, como el aumento del ritmo cardíaco y tensión arterial, el empeoramiento de la circulación periférica, el aumento de la glucosa, el colesterol y los niveles de lípidos. En enfermos con problemas cardiovasculares, arteriosclerosis o problemas coronarios, los ruidos fuertes y súbitos pueden llegar a causar hasta un infarto.

La pérdida de audición es otro de los resultados más comunes cuando se soportan ruidos superiores a 90 dB de una forma habitual durante mucho tiempo. Aunque sonidos menores pero continuados también pueden dañar la salud del oído. También pueden producir pérdida de audición exposiciones de más de un cuarto de hora a 100 dB y de más de 1 minuto a 110 dB.

Mientras que entre los efectos psicológicos se pueden mencionar el estrés, la irritabilidad, síntomas depresivos, falta de concentración y rendimiento menor en el trabajo o la escuela. En el caso de los niños, está establecido que la contaminación acústica reduce los resultados de aprendizaje y rendimiento cognitivo. Cuanto más esté expuesto un salón de clases a los ruidos demasiado fuertes, como el de los aviones o trenes, peor será la capacidad de lectura, memoria y rendimiento de los escolares que asistan a esa escuela a comparación de otras.

Además, cabe destacar que los ruidos que oímos mientras dormimos también nos afectan. El oído humano es extremadamente sensible y nunca deja de funcionar, ya que el canal auditivo siempre está abierto. Así que incluso mientras se descansa los oídos están captando y transmitiendo sonidos a diferentes partes del cerebro. Por lo tanto, aunque es posible que no lo sientas, los ruidos del tráfico, de los aviones o de la música proveniente de algún vecino se está procesando en tu mente, y tu cuerpo está reaccionando a ellos de distintas maneras a través de los nervios.

Qué pasa en Buenos Aires

Un informe difundido esta semana estima que en Europa 12 mil muertes por año están directamente relacionadas con el ruido. Muertes que estarían causadas por un aumento de las enfermedades cardiovasculares o por lo problemas para dormir a causa de la contaminación sonora. “Los datos actuales permiten deducir que el ruido ambiental es una de las causas que provocan 48.000 nuevos casos de cardiopatía isquémica al año, y se calcula que 22 millones de personas sufren molestias crónicas importantes y que 6,5 millones de personas padecen alteraciones del sueño graves y crónicas”, detalla.

¿La contaminación sonora es así de grave en Ciudad y Gran Buenos Aires? La respuesta lamentablemente es afirmativa. Esta semana el Consejo de Planeamiento Estratégico presentó en la Legislatura porteña un escrito en el que advirtió que Capital Federal tiene los niveles de contaminación acústica más altos del país. “En promedio, los habitantes de esta ciudad latinoamericana escuchan como una persona 16,54 años mayor. La pérdida de audición media es de 0,71 y los niveles de contaminación acústica fueron de 0,59, para un Índice Combinado de Pérdidas Auditivas de 1,3”.

En el mismo sentido, cabe destacar que en marzo de 2019 un estudio revelaba que la Ciudad de Buenos Aires ocupaba el cuarto lugar de las ciudades más ruidosas de todo el mundo, precedida solamente por Tokio, Nagasaki y Nueva York. Mientras que la consultora ambiental CitiQuiet, de Nueva York, la ubicó entre las diez metrópolis con mayor nivel de ruido. Además, es la única de América Latina que integra el ranking.

En la Ciudad la presión sonora está regulada por la Ley 1540 de Control de la Contaminación Acústica, que clasifica a las distintas áreas porteñas según su sensibilidad acústica y establece rangos de entre 60 y 80 decibeles para el horario diurno y de entre 50 y 75, para el nocturno. Sin embargo, el Mapa del Ruido elaborado por el gobierno porteño muestra que gran parte de la Ciudad se mantiene cerca de los 80 decibeles durante el día y que las diferencias entre el día y la noche, mayoritariamente, no superan los 5 decibeles, valores que están muy por encima de lo recomendado por las organizaciones de salud. Como es de esperar, las zonas con mayor caudal de tránsito son las más ruidosas, como la avenida Corrientes o la General Paz, que suelen estar entre 80 y 90 dB.

La principal problemática de Capital es el tránsito, especialmente el transporte público, encabezado por los colectivos. El año pasado, durante los primeros meses del Aislamiento Social, Preventivo y Obligatorio, el silencio ganó terreno en Buenos Aires sin aviones en el cielo, con menos autos en las calles y frecuencia reducida en el transporte público: la Secretaría de Ambiente porteña detectó una reducción de entre el 16% y el 36% en los niveles sonoros de puntos estratégicos. Sin embargo, con la reanudación de las actividades la contaminación sonora volvió a pegar con fuerza.

La situación en los centros urbanos de la Provincia de Buenos Aires no es muy diferente, sobre todo en el Conurbano Bonaerense. Allí, previo a la pandemia un relevamiento de reclamos de los vecinos indicaba que el 55% de las quejas provenían del alto volumen emitido por bares y boliches.

Pero también es crítico el panorama cerca de las rutas e industrias. Los vecinos de Lomas de Zamora, Almirante Brown y Esteban Echeverría, por ejemplo, sufren importantes niveles de contaminación acústica debido a la Ruta Provincial 4, conocida como Camino de Cintura. Un trabajo de investigación de 2020 de Alberto Roque Morrongiello, que surgió en la Facultad de Ingeniería de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora, encontró niveles muy elevados de dB sobre la traza y en los márgenes de la Ruta, alcanzando en algunos puntos un nivel superior a 90 dB. Las personas que viven en estas zonas expuestas al ruido generado por el transito son más propensas a sufrir alteraciones en su vida cotidiana, sobre todo durante las noches, según ellos mismos manifestaron.

Por otro lado, cabe destacar el reciente caso de la central termoeléctrica perteneciente a la empresa Araucaria que fue clausurada por el Organismo Provincial para el Desarrollo Sostenible (ODPS) y el municipio de Pilar por contaminación sonora. La medida fue tomada luego de una serie de denuncias por ruidos molestos formuladas por vecinos de la central ubicada en la localidad pilarense de Villa Rosa, en el límite con Matheu, partido bonaerense de Escobar. Se instaló allí en 2018, a pesar de las advertencias sobre su ubicación en una zona poblada y no rural.

La solución para el problema del ruido urbano no es sencilla, y se puede llegar a lograr solamente con políticas concretas del Estado. Para mitigar los efectos negativos del ruido generado por la circulación de vehículos los especialistas recomiendan la adecuación de calles en cuanto a su asfalto, evitar las irregularidades de los adoquinados, hacer que el tránsito de los vehículos sea lo más fluido posible diseñando permanentemente las vías de circulación de vehículos pesados y elevando vías de ferrocarril para evitar los cruces a nivel.

En los últimos años, según la Agencia de Protección Ambiental, se han aplicado algunas pocas soluciones en casos de estudios particulares. Ejemplos de esas iniciativas fueron la aplicación de paneles fonoabsorbentes en las paredes de los viaductos de Carranza y Libertador, y la repavimentación de empedrados de avenidas como Alberdi, Triunvirato y Vélez Sarsfield. Sin embargo, no hay una política constante ni controles por parte de ninguno de los Gobiernos para solucionar esta problemática.

Según un estudio realizado por Gaes Centros Auditivos, en Argentina 6 de cada 10 personas consideran que la ciudad donde viven es muy o bastante ruidosa, aunque no le dan mayor importancia. Está claro que, aunque sea ignorado, este mal urbano perjudica la salud mucho más de lo que se cree y tienen que llevarse adelante medidas concretas para disminuir sus graves consecuencias.

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