Derechos Humanos

Mujeres que dejaron su huella en la lucha por la defensa de los Derechos Humanos

Este jueves se celebró el Día de los Derechos Humanos. En este informe de Quántica Radio te contamos sobre el trabajo de destacadas mujeres que hicieron posible la Declaración Universal de la ONU y las que lucharon por los derechos en la Argentina.

“Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos”. Hoy, por lo menos en lo teórico, esta afirmación parece más que obvia. Pero no siempre fue así y de hecho se necesitó que cientos de representantes de todas las regiones del mundo se reunieran a dejarlo plasmado por escrito para que tuviera un respaldo internacional. Esta frase pertenece al Artículo 1 de la Declaración Universal de Derechos Humanos, que la Organización de las Naciones Unidas aprobó el 10 de diciembre de 1948, fecha que dos años después fue proclamada como el Día de los Derechos Humanos.

La Declaración marcó un hito en la historia del derecho internacional. Fue elaborada tres años después del fin de la Segunda Guerra Mundial con el objetivo de evitar que un desastre así volviese a tener lugar. El documento recoge los derechos y libertades inalienables de toda persona, sin importar su raza, sexo, nacionalidad, lengua, religión, origen étnico o cualquier otra condición. La lista abarca el derecho a la vida, a la libertad, a la educación, al trabajo y muchos otros más, que deben ser respetados sin que exista discriminación alguna. Luego de los horrores del nazismo, dejarlos por escrito fue todo un símbolo. La Declaración fue el primer documento internacional que abordó en detalle la noción de que existe un conjunto de derechos y libertades fundamentales que los gobiernos están obligados a garantizar a sus ciudadanos. Pero esta primera frase con la que empezó esta nota significó también una revolución por otro motivo: fue una victoria de destacas mujeres que intervinieron activamente en su redacción. Si bien fueron minoría en este proceso de elaboración, sus aportes garantizaron que el texto fuera universal y que se incluyeran los derechos de las mujeres en una norma que ponía en valor las libertades y la dignidad humana.

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Por ejemplo, Eleanor Roosevelt tuvo un papel sumamente destacado. La política y escritora no fue una primera dama “convencional”. Hasta entonces, las mujeres de los presidentes de Estados Unidos no se involucraban en la vida política. Pero la mujer del presidente Franklin D. Roosevelt, quien gobernó dicho país desde 1933 hasta su muerte en 1945, era una activista de los derechos humanos que utilizaba los medios a su alcance para expresar su opinión. Impulsó la creación de programas sociales, además de ser defensora de los derechos de la comunidad afroamericana, la clase obrera y las mujeres. En 1946, tras la muerte de su marido, fue nombrada delegada de la Asamblea General de las Naciones Unidas. Fue la primera mujer de la historia en ocupar este cargo. Un año más tarde se convirtió en la presidenta de la Comisión de los Derechos Humanos y su contribución fue crucial para redactar la Declaración. Fue la responsable de coordinar al grupo de delegados que trabajaron en el documento, y según relató posteriormente en sus memorias, trabajó día y noche sin descanso durante dos años.

Pero la ex primera dama norteamericana no fue la única. Entre 1947 y 1948, solo había otra mujer delegada ante la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas: la defensora de los derechos de la mujer tanto en la India como en el extranjero, Hansa Mehta. Es justamente a ella a quien se le atribuye el mérito de cambiar la frase de “Todos los hombres nacen libres e iguales” a “Todos los seres humanos nacen libres e iguales” en el Artículo 1 de la Declaración. La palabra por la que peleaba Hansa era clave para incluir a las mujeres también en esa declaración con vocación de universal. Nacida en 1897 en una familia acomodada y liberal, fue escritora, oradora, pedagoga y la primera mujer en ocupar el cargo de rectora de una universidad de educación mixta en la India. Conoció a Gandhi y participó de su movimiento, por lo que fue encarcelada dos veces. En su vida no sólo desafió las reglas que no dejaban a una mujer estudiar, trabajar o participar en política sino que su matrimonio fue una revolución en la India donde hubo hasta manifestaciones debido a que se casó en una unión pratiloma, es decir, el de un hombre Varna inferior que se casa con una mujer de Varna superior.

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Por su parte, Minerva Bernardino, diplomática y líder feminista de República Dominicana, fue fundamental en las deliberaciones sobre la inclusión de la “igualdad de derechos de hombres y mujeres” en el preámbulo de la Declaración. Además, junto con otras latinoamericanas (la brasileña Bertha Lutz y la uruguaya Isabel de Vidal), desempeñó una función esencial en la defensa de la inclusión de los derechos de la mujer y la no discriminación sexual en la Carta de las Naciones Unidas, que en 1945 se convirtió en el primer acuerdo internacional en el que se reconocía la igualdad de derechos de hombres y mujeres.

La paquistaní Begum Shaista Ikramullah pasó en 1948, en su calidad de delegada de la Tercera Comisión de la Asamblea, 81 reuniones examinando el proyecto. Defendió poner de relieve la libertad, la igualdad y la libre elección en el documento, a la vez que promovió la incorporación del artículo 16 sobre la igualdad de derechos en el matrimonio, ya que consideraba que era una manera de combatir el matrimonio infantil y forzado.

Mientras que la danesa Bodil Begtrup, Presidenta de la Subcomisión de la Condición Jurídica y Social de la Mujer en 1946 y, más adelante, en 1947, de la Comisión, defendió que la Declaración se refiriese a los titulares de los derechos como “todos” o “toda persona”, en lugar de emplear la fórmula “todos los hombres”. Además, propuso la inclusión de los derechos de las minorías en el Artículo 26, sobre el derecho a la educación, pero sus ideas eran demasiado controvertidas para la época.

Por su parte, la francesa Marie-Hélène Lefaucheux defendió con éxito la inclusión de una mención a la no discriminación sexual en el artículo 2. Así, el texto final reza lo siguiente: “Toda persona tiene todos los derechos y libertades proclamados en esta Declaración, sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición”.

Evdokia Uralova, Representante de la República Socialista Soviética de Bielorrusia, logró defender con firmeza la igualdad de salario para las mujeres. Gracias a ella, el Artículo 23 dice: “Toda persona tiene derecho, sin discriminación alguna, a igual salario por trabajo igual”. Además, junto con Fryderyka Kalinowska, de Polonia, y Elizavieta Popova, de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, puso de relieve los derechos de las personas que viven en territorios no autónomos (artículo 2).

Y finalmente Lakshmi Menon, delegada de la India ante la Tercera Comisión de la Asamblea General en 1948, abogó con contundencia por la repetición de la no discriminación sexual a lo largo de la Declaración, así como por la mención de “la igualdad de derechos de hombres y mujeres” en el preámbulo. Además, defendió abiertamente la “universalidad” de los derechos humanos y se opuso con firmeza al concepto del “relativismo colonial”, con el que se trataba de negar los derechos humanos a las personas que vivían en países sometidos a dominación colonial.

Pero más allá de la enorme labor de estas mujeres en la elaboración de la Declaración Universal, también existieron muchísimas otras que lucharon por que se les reconozca estos derechos fundamentales antes y después de la aprobación de este importante documento. Aunque en el presente a las generaciones jóvenes les parezca que el poder votar, trabajar o tener libre acceso a la universidad – todos derechos reconocidos en dicha Declaración – es algo natural, lo real es que todos y cada uno de estos derechos fueron discutidos, exigidos y peleados.

En Argentina la primera mujer que logró graduarse de una carrera universitaria fue Cecilia Grierson en 1889. Referente indiscutida en la historia de la lucha por los derechos de las mujeres, nació en Buenos Aires el 22 de noviembre de 1859 y murió el 10 de abril de 1934. Se graduó con 30 años en la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad de Buenos Aires. Fue maestra, médica, educadora, pionera en el campo de la obstetricia, la kinesiología, la puericultura, y la difusión de primeros auxilios. Se había recibido antes, en 1878, de maestra, pero a los pocos años un duro golpe la haría dar un volantazo en su destino profesional: una amiga suya se enfermó y quiso encontrar el remedio para curarla de un trastorno respiratorio crónico. Estudió medicina, una carrera que entonces era exclusivamente para hombres. Con una voluntad inquebrantable logró ser admitida en la carrera. Se graduó el 2 de julio de 1889, convirtiéndose en la primera médica del país. En 1886 fundó la Escuela de Enfermeras, más tarde la Asociación Médica Argentina, la Sociedad Argentina de Primeros Auxilios y la Asociación Obstétrica Nacional de Parteras. En 1899 participó en Londres del “Congreso Internacional de Mujeres”, que la eligió vicepresidente. Esto la incentivó a propiciar la fundación del Consejo Nacional de Mujeres en 1900. Diez años más tarde presidió el “Primer Congreso Feminista Internacional de la República Argentina”, convocado por la Asociación de Mujeres Universitarias. El tema del congreso fue la situación de las mujeres en la educación, la legislación, el abandono de los hijos, y la necesidad del sufragio femenino. Fundó también el Liceo Nacional de Señoritas; presidió el Primer Congreso de la Sociedad de Universitarias Argentinas y formó parte del grupo fundador de la Sociedad Argentina de Biotipología, Eugenesia y Medicina Social. Sin dudas Cecilia Grierson luchó sin cesar por el reconocimiento de los derechos humanos de la mujer.

En el ámbito de la educación, le siguieron Elvira Rawson y Alicia Moreau, quienes también se recibieron de médicas y sus tesis abordaron temas relativos al cuerpo femenino; es decir que fueron precursoras en la investigación de las enfermedades del sistema ginecológico. Elvira se graduó en 1892. En la Revolución del 90, debió atender a decenas de heridos de ambos bandos, contrariando incluso las órdenes de sus superiores y demostrando un auténtico temple profesional. Se ganó, además, el reconocimiento público del Dr. Leandro N. Alem. Estos hechos determinarían, más tarde, su afiliación a la Unión Cívica Radical, partido político que daba cabida a sus ideas progresistas en cuanto a la situación y el rol de la mujer. Fue por entonces que comenzó a desarrollar un discurso público tendiente a mejorar la situación de la mujer, que la llevaría a ser una de las grandes feministas argentinas de principios de siglo. Así, formó parte del Consejo Nacional de Mujeres, participó de la creación del primer Centro Feminista y tuvo una actuación destacada en el Primer Congreso Feminista Internacional de la Argentina. Su atención se centró también en la ciencia jurídica, dado que promovía la modificación de la legislación, en la búsqueda de la igualdad de oportunidades para hombre y mujeres. Así, en el Congreso Internacional propuso cambios en el Código Civil que resultaban marcadamente progresistas, como la igualación de la patria potestad entre el padre y la madre, la libre administración de los bienes por parte de la mujer y el mantenimiento de todos los derechos individuales de la mujer (igualados, en gran medida, a los del hombre), aún después del matrimonio. En 1919 fundó la Asociación Pro-Derechos de la Mujer, secundada por otras grandes feministas, como Alfonsina Storni y Adelia Di Carlo.

Mientras que Alicia Moreau obtiene el título de médica con diploma de honor en 1914. Había nacido el 11 de octubre de 1885 en Londres y llegado al país en 1890 en una de las oleadas inmigratorias. Además de médica, fue una política muy destacada. Desde los primeros años del siglo XX, se involucró en los reclamos por mayores derechos para las mujeres. En 1902, junto a un grupo de compañeras, fundó el Centro Socialista Feminista y la Unión Gremial Femenina. Para 1918 ya había fundado la Unión Feminista Nacional y tras el deceso de su esposo en 1928 continuó en la actividad política y la defensa de los derechos. En 1932, elaboró un proyecto de ley que establecía el sufragio femenino, el cual no se concretó hasta 1947.

Y fue también esta lucha por el derecho al voto (reconocido como un Derecho Humano en el Artículo 21 de la Declaración Universal) la que dejó en nuestra historia valiosísimas mujeres. Con la participación en la vida universitaria y en el mercado laboral, empezaron a reclamar su derecho a elegir a sus gobernantes, entre ellas, como mencionamos, Alicia Moreau, Cecilia Grierson, y también Julieta Lantieri y Victoria Ocampo. Julieta fue la primera mujer de toda Sudamérica en ejercer el derecho al voto en las elecciones municipales celebradas el 26 de noviembre de 1911.Tras un sonado juicio logró su carta de ciudadanía y que se la inscribiera en el padrón municipal. Durante su carrera fundó, junto a Grierson, la Asociación de Mujeres Argentinas, en 1904. Dos años más tarde se recibió de médica, siendo la quinta mujer en conseguirlo en nuestro país. Publicó artículos en revistas de divulgación científica, en congresos y en sus prácticas políticas. Impulsó varios congresos, entre ellos, el Primer Congreso Femenino Internacional, el Primer Congreso del Niño a nivel mundial, la Liga Por los derechos de la Mujer y la Liga por los Derechos del Niño, además de participar en la Liga contra la trata de blancas. En 1920, organizó un simulacro del voto femenino sobre el cual Alfonsina Storni escribió una crónica, un hecho verdaderamente revolucionario para la época.

Mientras que Victoria Ocampo, nacida en Buenos Aires en 1890, fue escritora, intelectual, ensayista, traductora y editora. Criada en el seno de una familia aristocrática, fue educada con institutrices y su primer idioma fue el francés. En 1924 publicó su primera obra editada por la Revista de Occidente. Sus viajes a lo largo del mundo le permitieron entrar en contacto con los principales exponentes de la literatura y el ámbito intelectual. De este modo, logró fundar la revista y editorial Sur en 1931, que promovió las obras literarias de importantes autores nacionales e internacionales. Participó desde su juventud en las primeras manifestaciones de los movimientos feministas, intelectuales y antifascistas argentinos, lo que la llevó a fundar en 1936 la Unión de Mujeres Argentinas. Cuando faltaban años para que las mujeres pudieran siquiera votar; la UMA reclamaba derechos civiles y políticos, amparo a la maternidad, protección del menor e incluso disminución de la prostitución. Única latinoamericana presente durante los Juicios de Núremberg (el enjuiciamiento a algunos de los responsables por los crímenes cometidos durante el Holocausto), militó en la oposición al peronismo, motivo por el cual a pesar de su trabajo por los derechos decidió no apoyar el voto femenino en el ’47. Fue presidente del Fondo Nacional de las Artes desde 1958 a 1973 y recibió diversas distinciones como así también doctorados honoris causa de distintas universidades y la Orden del Imperio Británico por parte de la reina Isabel II. Además, fue la primera mujer en ser elegida miembro de la Academia Argentina de Letras, en 1977.

La lucha de todas estas mujeres por el derecho humano al voto fue coronada por Eva Duarte en la primera presidencia de Juan Domingo Perón. El 23 de septiembre de 1947 se promulgó la ley 13.010 sobre los Derechos Políticos de la Mujer, más conocida como “ley del voto femenino”, lo que significó una transformación profunda en el rol de la mujer dentro de la esfera social y política.

Desde la modificación de una palabra en una oración, como cambiar “hombres” por “seres humanos”, hasta lograr el acceso a una educación superior o al sufragio, todas son enormes conquistas de demandas históricas llevadas adelante por mujeres que desempeñaron y desempeñan hoy un rol fundamental para el desarrollo y avance de la humanidad.

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