Viaje literario: los rincones de Buenos Aires que inspiraron a grandes escritores

En una semana de importantes fechas para la literatura mundial, te contamos las nuevas formas de leer e invitamos a descubrir las huellas de maravillosos autores como Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, María Elena Walsh o Federico García Lorca en la Ciudad y el Gran Buenos Aires.

Pocas personas probablemente no conozcan la frase “lo esencial es invisible a los ojos” o el dibujo que podría representar un sombrero o una serpiente boa que se tragó a un elefante, dependiendo desde qué mirada se lo vea. Es que, hayan leído o no El Principito, esta obra está enormemente arraigada en la cultura. Este sábado 31 de julio se cumple un nuevo aniversario de la muerte de su autor, el aviador francés Antoine de Saint-Exupéry, que vivió un tiempo en Buenos Aires y cuyo avión fue derribado en 1944 durante la Segunda Guerra Mundial. Poco más de dos décadas después, justo en la misma fecha nacería Joanne Rowling, más conocida como J. K. Rowling, autora de la saga de Harry Potter que marcaría a fuego a nuevas generaciones de lectores. Y para completar, el 29 de julio se celebró en nuestro país el Día de la Cultura Nacional en honor a la figura del escritor, periodista, poeta y ensayista Ricardo Rojas, creador de la primera cátedra de Literatura Argentina y encargado de recuperar el Martín Fierro para el canon literario. Es por eso que, en una semana literaria por excelencia, este Informe Especial de Quántica Radio te acerca a las nuevas formas de lectura y propone un recorrido por rincones de Buenos Aires que inspiraron a grandes autores.

Nuevas formas de lectura

Las palabras son, en mí no tan humilde opinión, nuestra más inagotable fuente de magia”, dice el mago Albus Dumbledore, personaje de la saga Harry Potter. Es que la literatura tiene ese poder de transportar al lector a cualquier mundo al que llegue la imaginación. Y si bien con la revolución digital van cambiando las formas de leer, la pasión por descubrir estas historias sigue siendo la misma.

En los últimos años la proliferación de ebooks y audiolibros para todos los gustos dio lugar a una suerte de «literatura por streaming«. Las ventas de libros electrónicos llevan en tendencia creciente. De hecho, según un informe de la Cámara Argentina del Libro, la producción de libros digitales aumentó 61% en los meses de marzo y abril de 2020 comparados con el mismo período del año anterior. Si se analizan solo los lanzamientos realizados por las editoriales llamadas comerciales (dejando de lado entidades públicas, instituciones educativas, fundaciones, etc.) este incremento alcanzó el 147% de manera interanual. Es que frente al impedimento de lanzar sus novedades en formato papel por el cierre obligatorio de gran parte de las industrias y comercios, una cantidad importante de sellos editoriales decidieron publicar sus nuevos títulos de manera intangible. Así, en tiendas de libros digitales como Bajalibros.com, el crecimiento de descargas de ebooks fue exponencial: durante la cuarentena se incrementó casi un 400% la descarga de libros digitales y durante ese período tuvieron más de 2 millones de visitas al sitio.

Es que estos son los formatos idóneos para dar una respuesta al cambio de consumo de contenidos culturales. Incluso se afirma que se está leyendo más que en otras décadas. Un estudio destaca que los lectores digitales tienen un promedio de 20 lecturas al año, casi el doble del índice de lectura de libros en papel, que está en 11 libros al año. Aunque cabe aclarar que los lectores argentinos en su mayoría siguen prefiriendo el papel, sobre todo por su valor en la biblioteca personal y por la experiencia sensorial. Además, que destacan que la pantalla cansa la vista y desconcentra. Pero quienes eligen el formato digital, lo hacen por dos argumentos centrales: el precio (económico/gratuito) y la portabilidad. 

Pero así como cambian los soportes, también cambian las formas de llegar a ellos. En los últimos años vienen creciendo los clubes de lectura a través de plataformas tecnológicas. Muchos funcionan por mail, otros por Instagram o Facebook, por Zoom e incluso por WhatsApp. Cada vez más personas eligen unirse a estos grupos “orientadores” guiados por un coordinador que ofrecen la posibilidad de hacer intercambios de ideas, reflexionar y conocer nuevos autores. Todos promueven un abordaje serio no académico que genere entusiasmo en el lector.

Las editoriales apoyan esta nueva forma de leer. Muchas sostienen clubes de lectores de suscripción anual en los que los socios abonan determinadas cuotas por año y a cambio reciben en la puerta de sus casas los libros elegidos. Es una nueva manera de acercarse a los lectores que amplía el público y ayuda a generar que distintos títulos, gracias al boca a boca, puedan destacarse. Esta curaduría de libros seleccionados para leer en un tiempo determinado suele estar acompañada por mails con disparadores para reflexionar y debatir de manera grupal. También hay algunos grupos a los que los interesados se pueden unir de manera gratuita y deben ir consiguiéndose ellos mismos las lecturas propuestas. Sea cual sea el modo elegido, los clubes de lectura virtuales se consolidan como una herramienta para expandir la experiencia literaria. Estas prácticas 2.0 recuperan la lectura compartida que solía darse décadas atrás cuando existían numerosos círculos de lectores.

¿Se habrá imaginado alguna vez Antoine de Saint-Exupéry que El Principito podría ser reproducido en un audiolibro teatralizado con distintas voces, música y efectos de sonido mientras se viaja en auto? ¿O Borges, que El Aleph iba a ser debatido por personas de todo el país de manera simultánea a través de una pantalla de celular? La respuesta con seguridad es no. Pero para celebrar que la pasión por los libros sigue intacta te proponemos un recorrido para que descubras lugares de Buenos Aires que inspiraron a grandes autores.

Buenos Aires, musa de escritores

Como mencionamos al comienzo de este informe, la Ciudad de Buenos Aires tuvo el placer de haber albergado por un tiempo al grandioso Antoine de Saint-Exupéry. El francés vivió entre octubre de 1929 y marzo de 1931 en un departamentito de la torre que está sobre la Galería Güemes, en la calle Florida. Vino al país para incorporarse como director de la Aeroposta, una filial local de la Compagnie Generale Aeropostale, la empresa de correo aéreo creada en Europa en 1927. Saint-Exupéry había aprendido a volar en la fuerza aérea francesa, a la que se había incorporado en 1921. Estaba en la Argentina con el mandato de activar la ruta aérea entre Buenos Aires y Comodoro Rivadavia primero, luego llegar a Río Gallegos y terminar operando hasta en Tierra del Fuego.

Pero no solo se dedicó a viajar, los recorridos que realizó lo inspiraron a crear “Vuelo Nocturno”, una novela sobre un piloto que hace este tipo de viajes y que enfrenta una terrible tormenta, y cuya primera edición luce en tapa los colores de la bandera argentina. Sería publicada en Francia en diciembre de 1931 y al año siguiente ganaría el premio literario Femina. La escribió justamente en el departamento 605 que alquilaba en Buenos Aires. Y, como dato curioso, fue también acá donde conoció a su tercera esposa, la salvadoreña Consuelo Suncín, que inspiró el personaje de la rosa en El Principito.

Buenos Aires es y ha sido siempre cuna literaria de enormes plumas que han encontrado en sus calles fuentes de inspiración. A continuación, algunos escritores que dejaron sus huellas literarias en la Ciudad y el Conurbano:

Jorge Luis Borges

Considerado como uno de los autores clave de la narrativa de Occidente y el escritor argentino más universal, Jorge Luis Borges encontró inspiración en las calles de Buenos Aires innumerables veces. Entre las cientos de menciones a la ciudad que aparecen en sus relatos y poemas, vale la pena mencionar la de la manzana mágica de Fundación Mítica de Buenos Aires que se ubica en lo que hoy es pleno Palermo Soho: “Una manzana entera pero en mitá del campo / expuesta a las auroras y lluvias y suestadas. / La manzana pareja que persiste en mi barrio: / Guatemala, Serrano, Paraguay y Gurruchaga”. Es que Palermo formaba parte de la vida cotidiana del autor de El Aleph. Cuando Borges tenía dos años, la familia se mudó a dicho barrio porteño a una casa de la ex calle Serrano 2135, hoy llamada Borges. Por entonces, Palermo era una zona humilde en la que vivían lo que se conocía como “malevos”, entre partidos de truco y milongas. Ahí pasó su infancia: «Palermo del principio, vos tenías/ unas cuantas milongas para hacerte valiente/ y una baraja criolla para tapar la vida/ y unas albas eternas para saber la muerte«, escribía en «Elegía de los portones«, en «Cuaderno San Martín» en 1929.

También se inspiró en el Pasaje Russel, famoso por sus grafitis, para el escenario del cuento “Juan Muraña” (la casa de la que se habla en esta historia está en el número 5050 y es hoy un hostal) y en Plaza Italia, en la Avenida de Santa Fe, donde están los portones a los que se refería en su obra “Elogía de los portones”.

Pero sus huellas no solo se encuentran en Capital. Adrogué también se enorgullece de haber servido de inspiración de tan increíble escritor. Es que allí se encuentra la única casa que se conserva en pie de todas en las que residió. En un chalet con jardín construido en la década de 1940 que perteneció a la madre del escritor, Leonor Acevedo Suárez, los Borges pasaban los veranos. Se ubica frente a la plaza Brown de Adrogué, en el casco histórico. En 1953 fue vendido para comprar un departamento a Norah, hermana del escritor, pero el autor de «Ficciones» solía volver de visita. «En cualquier lugar del mundo en que me encuentre, cuando siento el olor de los eucaliptos, estoy en Adrogué«, aseguró una vez el narrador y ensayista. La propiedad fue expropiada por el municipio en 2011 para dedicarlo a una casa museo y depende del Instituto de Estudios Históricos y Patrimonio Cultural de Almirante Brown.

Julio Cortázar

Julio Cortázar es otro enorme escritor que tomó rincones de la Ciudad para recrear sus obras. Llegó a Buenos Aires en 1918 desde Bruselas cuando tenía apenas cuatro años. Junto a su hermana Ofelia y su mamá María Herminia Descotte, primero desembarcó en la localidad de Banfield, y en 1934 se mudó a un departamento en la calle Artigas 3246, en el barrio de Agronomía. Una placa en la fachada informa su paso por allí: «En este edificio vivió Julio Cortázar; el clima del barrio Rawson y Agronomía está presente en varios de sus cuentos«. Las numerosas referencias a la zona en sus obras confirman que fue un espacio creativo para el escritor. Allí se desarrolla el cuento “Ómnibus”, de “Bestiario”: “A las dos, cuando la ola de los empleados termina de romper en los umbrales de tanta casa, Villa del Parque se pone desierta y luminosa. Por Tinogasta y Zamudio bajó Clara taconeando distintamente, saboreando un sol de noviembre roto por islas de sombra que le tiraban a su paso los árboles de Agronomía”.

Por otro lado, la clásica  cafetería London City, en la esquina de Avenida de Mayo y Perú, es recordada porque el escritor eligió algunas de sus mesas en la década del ‘60 para escribir su novela “Los Premios”. Incluso el café aparece mencionado como el London en algunos de los párrafos del libro. «Por la puerta de la Avenida de Mayo entraba y se iba la gente de siempre […] No era fácil conversar a esa hora en que todo el mundo tenía sed y se metía en el London como un calzador, sacrificando la última bocanada de oxígeno por la dudosa compensación de un medio litro o un Indian Tonic», describió los frenéticos atardeceres.

Otro lugar identificable de la trama urbana porteña aparece en el cuento “El otro cielo”. Cortázar se inspiró en el mirador de la Galería Güemes donde vivía Antoine de Saint-Exupéry para contar la historia de un hombre que lleva una doble vida entre dos ciudades: Buenos Aires y París; y entre dos galerías: la Güemes y la Vivienne. El creador de “Rayuela” vivió enamorado de esa galería, desde la que puede verse toda la ciudad desde arriba. Solía recorrerla y pasar largas horas allí.

Pero como Borges, también encontró inspiración en el Gran Buenos Aires, donde vivió hasta los 13 años. Cortázar caminó las calles de Banfield e impregnó sus cuentos de todos esos recuerdos. Por ejemplo, en “Casa Tomada”, la dirección de la casa es Rodríguez Peña, que es la calle donde vivió en la localidad sureña.

María Elena Walsh

Escritora, poeta, guionista, cantautora, compositora y dramaturga. María Elena Walsh fue todo eso y más. Y pronto se podrá descubrir la casa de Morón donde vivió su infancia y su imaginación voló. La misma, en cuyo fondo aún está el jacarandá que la autora veía «nevar» y al que el viento hacía «cosquillas», será restaurada y abierta. Así lo anunció en junio pasado el intendente de la localidad del oeste del Gran Buenos Aires, Lucas Ghi, quien recordó que este hogar “con frutales, con animales, con un gallinero” fue donde María Elena “incursionó por primera vez en el mundo de la literatura fantástica” y que “terminó siendo material de inspiración que dio lugar a ese universo creativo con el que crecimos tantas generaciones”.

Se trata de una construcción ubicada en la calle Tres de Febrero 547, en Villa Sarmiento. Como ella misma contó a sus pequeños lectores en su libro «Chaucha y Palito«, era «la casa grande» donde compartió la niñez con su hermana Susana y otros 5 hermanos de parte de su padre.

Pero su obra también deja ver su amor por Capital Federal, donde vivió la mayor parte de su etapa adulta hasta su fallecimiento en enero de 2011. “Vals municipal”, incluido en el disco “El sol no tiene bolsillo”, de 1971, es una de sus creaciones más porteñas. Así, entre los sitios que menciona encontramos una esquina de leyenda del barrio de Belgrano, donde el amor romántico y atemporal es posible (“Es un hombre con una mujer / que se besan en Pampa y la vía”); le siguen de cerca la avenida Libertador, ancha y vertiginosa, y luego la calma y laboriosa Laprida, con sus oficios ambulantes (“Es un loco por Libertador / que matándose cruza la vida / y es la flauta del afilador / que recorre la calle Laprida”). “Es la noche de Villa Piolín/ Que nos llena de culpa y de frío/ Es la guerra y la demolición/ Arrasando paredes y calles/ Es París en el Teatro Colón/ Y en los libros de Plaza Lavalle (…) Y también es morirse de amor/ Un otoño en el Parque Lezama».

Ernesto Sábato

Ernesto Sábato es otro de los escritores más reconocidos de la Argentina y del exterior cuya huella puede rastrearse en el conurbano bonaerense. La casa de Santos Lugares (Tres de Febrero) donde vivió durante seis décadas puede visitarse para conocer las anécdotas y el perfil más familiar del escritor. Aquella vivienda sencilla en la ex calle Saverio Langeri 3135 -ahora lleva el nombre Ernesto Sábato- se convirtió en resguardo de su obra y trayectoria.

El escritor vivió allí junto a Matilde, la mujer que lo acompañó desde los 17 y con quien compartió casi seis décadas en pareja. Se instalaron en los años ‘40 buscando un hogar donde Ernesto pudiera dedicar tiempo completo a la escritura y dejar su trabajo como docente e investigador de física. Y tal como se lo había propuesto, escribió allí casi toda su obra. La casa y el parque, que pasó a ser agreste por decisión del escritor, fue fuente de inspiración para el «El túnel» (1948) y «Sobre héroes y tumbas» (1961). El lugar recibió la visita del brasileño Jorge Amado, del pintor Antonio Berni, del pensador Arturo Jauretche y hasta del rey Juan Carlos de España, un declarado admirador de sus libros. Allí el escritor que vivió hasta los 99 años atravesó su enfermedad hasta el último de sus días, el 30 de abril de 2011. En 2014, gracias a su familia, se abrió al público como museo. Se puede observar su biblioteca, los espacios en los que escribía, los sillones y el jardín por el que caminaba.

Aunque también se puede encontrar la magia de Sábato en postales de la ciudad. El Parque Lezama, en San Telmo, es el lugar donde se conocen los protagonistas de “Sobre héroes y tumbas”, Martín y Alejandra. El recorrido de la historia pasa también por Barracas, La Boca y Palermo, aunque entre los sitios más memorables que aparecen en la novela se encuentra la recova de la iglesia Inmaculada Concepción (Vuelta de Obligado 2042, Belgrano) que resulta un importante escenario del capítulo Informe sobre ciegos.

Baldomero Fernández Moreno

Quien también encontró inspiración en el Parque Lezama fue Baldomero Fernández Moreno, quien le escribió un poema: “He ido a ver el parque de Lezama/ en el atardecer de un día cualquiera,/ y me he encontrado uno diferente/ al que por tantos años conociera”, dicen sus primeros versos. También dedicó otro al Viejo café Tortoni y otro al Obelisco, que está grabado en la base del frente sur del más representativo de los monumentos porteños: “¿Donde tenía la ciudad guardada/ esta espada de plata refulgente/ desenvainada repentinamente/ y a los cielos azules asestada?/ Ahora puede lanzarse la mirada/ harta de andar rastrera y penitente/ piedra arriba hacia el Sol omnipotente/ y descender espiritualizada./Rayo de luna o desgarrón de viento/ en símbolo cuajado y monumento/ índice, surtidor, llama, palmera./ La estrella arriba y la centella abajo,/ que la idea, el ensueño y el trabajo/ giren a tus pies, devanadera”.

Fernández Moreno dejó una huella en la historia de la literatura argentina y fue conocido como el poeta no solo de los barrios porteños, sino también del campo y sus espacios rurales. Descendiente de españoles, había nacido el 15 de noviembre de 1886 en el barrio porteño de San Telmo. Tenía seis años cuando la familia se radicó en España, hasta que 1897 regresó a la Argentina. Vivió en la ciudad de La Plata, en La Pampa, en Coronel Suárez y en Chascomús; se recibió de médico y escribió poemas sobre el campo. Pero especialmente se lo asocia con el inicio de la poesía urbana argentina.

Su huella puede rastrearse por toda la Ciudad. Sin embargo, a diferencia de lo que muchos creen la musa de su más famoso soneto “Setenta balcones y ninguna flor” no puede visitarse. Pese a que el mito dice que aquellos versos habrían estado inspirados en el edificio de la Caja Internacional Mutual de Pensiones, ubicado en la esquina de las Avenidas Corrientes y Pueyrredón, en el barrio de Balvanera, fue el propio autor quien salió a desmentirlo, al afirmar que el edificio original de los setenta balcones, “ni uno más, ni uno menos”, había sido una construcción ubicada en el que entonces se conocía como Paseo de julio, actual Avenida del Libertador, cerca de la Avenida Callao. En un discurso contó que los balcones, uno a uno, fueron “contados en una noche espumosa, junto con el poeta español Pedro Herreros, desde un banco de piedra”.

Pero a pesar de que la construcción ya no existe, la que sí está en pie y puede visitarse es la última casa de Baldomero: ubicada en Bilbao 2384, esquina Robertson, en el barrio de Flores, la casa de tres plantas y jardín fue adquirida por el escritor luego de que en 1938 obtuviera el primer Premio Nacional de Poesía.

Roberto Arlt

Pero no fue el único gran escritor que albergó el barrio porteño de Flores. En sus calles también caminó y encontró inspiración otro grande como fue Roberto Arlt. “Hoy, callejeando por Flores, entre dos chalets de estilo colonial, tras de una tapia, en un terreno profundo, erizado de cinacinas, he visto un molino de viento desmochado”, comienza la nota «Molinos de Viento en Flores» que el autor de “El Juguete Rabioso” publicaba en el diario El Mundo el 10 de setiembre de 1928. Nació el 26 de abril de 1900  en La Piedad 677, pero vivió toda su infancia en Flores, donde la familia se mudó poco después. La casa ubicada en Méndez de Andes 2138 lo albergó por lo menos hasta que cumplió dieciséis años. Incluso después, ya casado, vivió un tiempo en otro inmueble al que se mudaron sus padres, que estaba exactamente a una cuadra del anterior, en la calle Canalejas 2137 -actual Felipe Vallese-. Flores fue el barrio donde formó su educación, su estilo y hasta donde vendió su primer escrito.

A los 26 años de edad publicó su primer novela, “El Juguete Rabioso”; en 1929, “Los Siete Locos” y en 1931, “Los Lanzallamas”. Por entonces también escribía para los diarios Crítica y El mundo. Sus columnas diarias Aguafuertes porteñas aparecieron de 1928 a 1935 y fueron después recopiladas en el libro del mismo nombre. Se divertía contando de sus amistades con “rufianes, falsificadores y pistoleros”, de las que saldrían muchos de sus personajes. Las Aguafuertes se convirtieron con el tiempo en uno de los clásicos de la literatura argentina.

Pero también se animó a plasmar paisajes bonaerenses en sus trabajos. De hecho, una de sus obras más preponderante como es «Los siete locos» transcurre en gran parte en la Provincia de Buenos Aires. Allí nombra a una quinta de Temperley, los bajos de Banfield y las casas de Remedios de Escalada que veía el protagonista en su viaje en el tren Roca.

Haroldo Conti

Haroldo Conti, el premiado escritor oriundo de Chascomús, secuestrado y desaparecido en la dictadura militar, se enamoró del Delta. Había conocido el paisaje por primera vez cuando lo sobrevolaba, luego de tomar un curso para pilotar aviones en el aeródromo de Don Torcuato. “Me llamó ese paisaje y me fui a vivir a las islas. Me puse a desentrañar el alma del río y de los isleños. El río es dulce y es tierno y es cruel y es violento. Modela a la gente. La gasta”, dijo alguna vez el autor sobre este lugar que lo cautivó ni bien lo descubrió, donde pasó largas temporadas junto a su familia, en una casita que adquirió sobre el arroyo Gambado. Los remeros y lugareños fueron personajes de los cuentos de Conti, que retrató magistralmente a sus vecinos: el isleño, su barco y su perro fiel. Conti decía que “un hombre sin barco no está completo”. Mientras construía su embarcación escribió “Sudeste”, su primera novela, una completa descripción del entorno de la isla, arroyos, ríos, bosques, fauna y embarcaciones.

Hoy la casa austera rodeada de imponente vegetación donde vivió es el Museo Haroldo Conti. Según dicen, la cocina, que conserva el mobiliario original, era su lugar preferido para escribir. Junto a la ventana está la mesa que fue testigo de sus trazos y la pava con la que cebaba los mates que compartió con sus amigos Rodolfo Walsh y Eduardo Galeano, a quienes albergó más de una vez. Conserva la heladera cuya tapa servía de escondite para libros censurados en épocas de persecución, la estufa salamandra, el póster del Che Guevara y una habitación pequeña con dos camas. Cabe recordar que en honor a Conti, el 5 de mayo –fecha de su desaparición en 1976– fue declarado “Día del Escritor Bonaerense”.

Federico García Lorca

Pero no solo grandes de la literatura argentina se vieron motivados por Buenos Aires. Federico García Lorca, el poeta de mayor influencia y popularidad de la literatura española del siglo XX, también encontró magia en sus calles. Llegó a la capital porteña el 13 de octubre de 1933 en pleno apogeo de la Década Infame. Su estadía iba a ser corta pero suficiente para dar algunas entrevistas, reunirse con colegas y promocionar su compañía de teatro popular y ambulante La Barraca. Pero esos poquitos días se convirtieron en meses. Se enamoró de la ciudad y vivenció el sabor del éxito con su obra «Bodas de sangre«, que la actriz Lola Membrives representaba con éxito en el Teatro Avenida.

Durante esos meses, Lorca se paseaba por la ciudad como un porteño más. Se incorporaba a la vida social de una Buenos Aires que ya veía caminar por sus calles a figuras de peso como Borges, Victoria Ocampo y Carlos Gardel. Ver al autor de “La casa de Bernarda Alba” tomar un café en el Tortoni, pasear por el Tigre, caminar por la Avenida Corrientes o la calle Florida, pasaron a ser imágenes cotidianas. 

Su «hogar» fue el Hotel Castelar – diseñado por Mario Palanti, el arquitecto del Palacio Barolo -, sobre Avenida de Mayo, donde hay una placa que recuerda el paso de Lorca. Se quedó medio año en la habitación 704, que luego fue su pequeño gran museo (hacían incluso recitales con su poesía). «Se asomaba al balcón, miraba Avenida de Mayo y se inspiraba«, contaron allí. Lamentablemente el hotel cerró hace muy poco a causa de la pandemia y la falta de actividad, y la habitación del autor de «Bodas de sangre» no podrá, por lo menos en el corto plazo, volver a ser visitada por algún fanático.


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